¿Y cómo empiezo mi exposición sin que parezca un lamento patético?
¿Cómo?... que alguien me diga por favor… una pista al menos…
Quede claro: no lloro… vomito un hecho que hoy necesito quitarme de encima… Simplemente le hablo al infinito.
Nací con una boca enorme para poder hablar mucho… Nariz salió poca, como un botón, y cuando crecí sólo se estiró lo justo para poder respirar… Los ojos me los pusieron oscuros, muy oscuros, para tener una mirada intensa… Y las cejas me las dieron con tendencia a juntarse, para que pudiera tener siempre una expresión grave, como de enfado, quizás para exponer sin tapujos el constante repiqueteo de mi cabeza.
Nací feita, o eso escuché decir siempre, con cara de mal talante, con pelos negros y rebeldes, y mucha cabezonería. Desde pequeñita tuve poco interés por la comida, aunque los demás lo entendieron como un terrible demérito por el calvario que les hacía pasar al no tragar a un ritmo normal. Vine al mundo con demasiada curiosidad por todo, demasiado nervio, demasiado interés por lo lícito e ilícito, y mi pobre madre sufrió más de un susto con una niña subida a la mesa junto a la barandilla del balcón, que acabó con una manita cortada de cabo a rabo por jugar con una botella de cristal de cocacola, que volvió a casa con sonrisa maquiavélica por haberle estampado un columpio en la cara a un niño que la molestaba, o que se le congelaron las manos en un crudo y glacial día por no querer llevar guantes como los mayores. Mi tía siempre me decía que hablaba mucho, que qué pesada, que dejara de darle en el hombro para que me prestara atención… Supongo que sí, que hablaba mucho y era pesada, aunque creo, por mi corta experiencia como madre, que no era yo sino algo natural en todo crío. Ya de mayor, alquien muy cercano tuvo la amablidad de comunicarme que entre mis mayores defectos estaban la pasión y el exceso de entusiasmo, hablar en demasía y tener ansias de aprender. ¡Pues qué bien! ¡Menudo engendro petardo!
Si hago memoria y me zambullo en los recuerdos, tendría que reconocer que debo parlotear demasiado porque ese es un sonsonete que se me dijo, se me comentó, se me repitió y se me recordó durante estos 40 años que llevo en pie. Y yo digo, ¿cómo es que un parlanchín no tiene conciencia de lo irritante que resulta? ¿Cómo es que yo nunca conseguí cerrar el pico y dejar de molestar?... Cuando la broma me cansaba y, sobre todo, me dolía, lanzaba la amenaza de dejar de hablar para no fastidiar, y ¿qué ocurría entonces? Que la charla derivaba en murmullos hasta acabar disuelta en el silencio. Entonces alguién le daba la vuelta a la tortilla y me hacía culpable de la decaída conversación: “Venga ya Marga, déjalo, que puedes hablar!”… “No tengo nada interesante que decir”- contestaba yo, entretenida en observar al grupo… “mira que eres cabezota! Habla ya!”… “No. Prefiero escuchar” –volvía a contestar… y así seguía la insistencia… ¡Qué gracia! primero mi palabrería es abrumadora, y luego mi silencio es impertinente… Siempre igual. Pero nunca lo entendí. ¿Por qué no se aclaran qué quieren de mí?
Como dije, nací con una boca grande para hablar todo lo que mi cabeza elabora, cuestiona, quiere saber, necesita comentar y ansía aprender. Y de alguna forma siempre he sentido que mi charlatanería nunca ha sido comprendida. Señores, no es más que expresión de mi insaciable curiosidad por absolutamente todo. No hay nada que me guste más que una buena conversación sobre lo que sea. No hay mayor disfrute que una discusión apasionada que pivote sobre dos puntos de vistas diferentes. Y es que hablar y escuchar, y por supuesto leer, aunque esto es una forma muda de hablar o así lo entiendo yo, es aprender… aprender de todo y sin ver el final…
Para mí, cada persona es un misterio que me atrae conocer por lo que puedo aprender… Disfruto hablando con quien sea, escuchando las mil historias y saberes, preguntando y comentando… Mi cabeza entra en ebullición y noto como las palabras explotan como palomitas de maiz… “puf-puf-puf”… ahí viene tres preguntas!
Y no hay nada más frustrante, más doloroso, más represivo para mí que el tener que amordazarme, el saber que no soy bien recibida porque se me entiende como un ataque o un sinsentido, el convertirme en la eterna oyente sin derecho a expresar nada porque simplemente no viene al caso… ¿Cómo se come compartir la vida con alguien que es tremendamente estimulante y con quien sin embargo solo hay diálogo en un sentido, o que es inteligentísimo pero a la vez tonto de remate como para no saber entenderme ni leerme? ¿Y mi naturaleza? ¿Qué hay de ella? ¿Porqué tengo que callarla? ¿Y aquellos que deben conocerme como si me hubieran parido pero siguen entendiendo mal y por ende colocándome el sanbenito de malaje? ¿y los que interpretan mi entusiasmo como una pretenciosa enseñanza? No, ni soy la bruja Maléfica cabreada ni la Señorita Pepis con el libro gordo de Petete bajo el brazo. Soy Marga, y me gusta la buena conversación, saber de mi gente, estar al día de lo que ocurre en el mundo, aprender de todo, expresarme con libertad y sin ofender, escuchar, absorber…
En los últimos tiempos siento que una mancha negra asquerosa y pringosa se va apoderando de mí, de lo que soy, de lo que me da vida, para callarme y relegarme a un silencio que acaba siendo autoimpuesto… Esto es el pecado más aborrecible… Autoimpuesto… o simplemente haber dado el brazo a retorcer…
Supongo que el hecho de que escriba es un lastre de mis charlatanerías que se niega a desaparecer… o quizás sea mi nuevo modo de hablar, más amable para con los oídos sensibles, más prudente y menos impositivo porque sino quieres escucharme no hay más que dejar de leer, aunque desgraciadamente también más desesperado y condensado…
Esto es lo que hay señores… no se puede renegar de la naturaleza… Nací con una boca grande para hablar… y ahora tengo unos dedos rápidos para escribir mis palabras… Hablar, siempre hablar… y aprender por puro placer.
“Habla para que yo te conozca” Sócrates
Vaya, por fin encontré un alma gemela. Yo también siento la frustración de no haber podido discutir en mi vida todo lo que hubiera querido. La mejor discusión es esa en la que dos están discutiendo sobre algo con tesis opuestas y, a la de tres, intercambian sus tesis y empiezan a discutir en sentido contrario. Así es como con más eficacia sale la luz de la discusión. Pero es dificilísimo, casi imposible, encontrar alguien dispuesto a practicar este método sin enfadarse.
ResponderEliminarBueno, yo no siento frustración por no discutir más, sino por no ser escuchada aunque mi conversación sea una birria sobre el precio de los tomates, o por ser malinterpretada de la peor forma posible, o por aburrir con mi charla... A mi no me frustra el no tener una gran conversación, sino el no intercambiar 4 palabras adultas... aunque mis conversaciones con Margui cada vez son más gratificantes y mejores.
ResponderEliminarNo dejes que nadie te calle nunca, o que sería de nosotras tus avidas lectoras. Un besote muy fuerte.
ResponderEliminarMª Paz
Si hablas también como escribes...
ResponderEliminarItsaso