sábado, 17 de julio de 2010

La mujer-calamar


     He vuelto a mi mar, al Atlántico, ese que tantas veces me abrazó. Hacía tanto, tanto tiempo que no me bañaba en él! Ya casi no recordaba la sensación de sus frías aguas, el sabor de la sal y y el sonido alegre de sus olas juguetonas. Esas aguas llenas de vida!
  El volver al Atlántico ha resucitado mis raices marinas, en los últimos años adormecidas por la falta de contacto con la mar... Sí, me siento un ser acuático y marino y creo que alguna vez viví en las entrañas del gran azul... En mi cuerpo llevo un pulpo minoico y un delfín romano... y algún día terminaré de transformarme en una pequeña pecera salada... Crecí en el mar y con las mareas, bajo las aguas y sobre la espuma... mis primeros pasos estuvieron acompañados del movimiento de las olas... aprendí a hablar con el sonido del viento salado y de las aguas... Ni siquiera recuerdo cuando ocurrió... sólo sé que siempre estuve en el mar...






     Mi abuelo nos llevaba en su barco de pesca, cuando aún éramos demasiado pequeños como para mantenernos en pie... El abuelo Tomás, nuestro marinero, nos cuidaba mientras nos dibujaba pesqueros en medio de una terrible mar de leva en Barbate... La adolescencia transcurrió navegando con la familia, primero en un velerito llamado Mayo, luego en el Triana, después en el Kar I y finalmente en el Kar II... Nunca estuvo la familia más unida!... Cada fin de semana, cada día de vacaciones, lo pasamos junto al mar, ya fuera invierno o verano... Mis hermanos y yo creamos nuestro mundo de fantasía junto a la orilla y en las rocas, con las conchas y las algas... La sal se conviritó en parte de nuestra piel y disfrutamos con los tatuajes salinos que nos decoraban... Buceamos en alta mar, a pleno pulmón, con los ojos abiertos, sintiendo la inmensidad del oceano, escuchando sonidos únicos, admirando las luces, brillos y colores que atraviesan las profundidades...
     Mi última travesía fue a través del Atlántico. Mi padre se embarcó en uno de sus sueños durante 6 meses, y mis hermanos y yo le acompañamos en diferentes etapas, pero todos nos bautizamos cruzando el océano, ellos de ida, desde Cabo Verde hasta Barbados, y yo de vuelta desde San Martin hasta Cádiz, con parada en Azores. EL viaje fue maravilloso y jamás  me sentí tan en comunión con mi mar. Nunca olvidaré los amaneceres multicolores en la soledad de la rueda mientras fumaba un pitillo para mantenerme despierta, las borrascas que se avecinaban por el horizonte hasta que acababan por engullirnos mientras nuestro barco crujía por mantenerse sobrio, el programa de radio que comunicaba con todos los navegantes españoles por el mundo, los días que nunca cambian porque la rutina estricta es siempre igual, los bonitos pescados que nos alegraban el estómago harto ya de pasta y latas... 



     Luego, sin avisar, la vida me separó del mar... Llegué a odiarlo con toda mi alma... Pero, ¿acaso se puede renegar de la propia naturaleza?
     No
     El mar es parte de mí... y el olor de la sal nunca me ha abandonado.
     Echo de menos el mar... añoro flotar en sus entrañas...
     Ahora vivo cerca del mar del Norte, un mar que nada tiene que ver con mi Atlántico... Quiero que mi niña, mi chipirón (como la llamaba mi hermana) sea una criatura marina, que crezca húmeda y salada, que aprenda a andar con las olas, que sus primeras palabras estén acompañadas por el ulular del viento, que desarrolle su imaginación con un atardecer multicolor sobre la espuma blanca, que se duerma con la nana de las olas... Ahora, recién la ví así y me hizo muy feliz. Mi niña ha heredado la naturaleza acuática de mi familia.



     Una vez escribí un cuento...  un cuento muy infantil aunque no es para niños... un cuento muy biográfico sobre la etapa anterior de mi vida... Hoy ya no soy una mujer-calamar solitaria porque mi pescador me encontró... sin embargo, nunca dejaré de ser un ser marino.



SOBRE LO QUE OCURRIÓ EN EL PECHO DEL UNIVERSO (Junio 2003)
Érase un día,  en un tiempo ya remoto pero a la vez cercano, en el que algo raro le pasaba al Universo... Sí, al Universo! porque éste está vivo y, aunque parezca que todo permanece inmóvil, tiene un alma formada por miles de galaxias multicolores -de hecho, cada galaxia debe su nacimiento a un particular estado de ánimo del Universo... Continuo... Algo raro le pasaba al Universo... Los planetas no paraban de moverse de un lado a otro, las estrellas parecían luciérnagas que encendían y apagaban la lucecilla a su antojo, las nebulosas se contraían y se estiraban, los meteoros saltaban sin control... Qué desastre!... Verdaderamente debía de pasarle algo muy serio al Universo!... Déjame decirte que esta situación es muy corriente cuando el Universo está planeando alguna de sus tretas...
 Bien, pues en uno de los planetas situados en el pecho del Universo - que surgió  porque  un día el Universo soñó con el olor de los pinos y del mar, del naranjo y de la jara, con el sonido del agua y el viento, con la caricia de la brisa de la montaña - , en un lugar remoto y chiquito acunado por un río se encontraban dos individuos que desconocían la existencia el uno del otro. La mujer había sido en otra vida calamar y aún conservaba un poco de aquella actitud; el hombre debió ser un compañero del cazador Orión, aunque él ya lo olvidó. Ambos deambulaban por la vida, abandonándose a las olas del destino: ella se mantenía reacia a abandonar aquella forma de movimiento; él parecía haber aceptado que era hora de asentarse en un islote. Ambos tenían la piel de aceituna, el calor del Sur en las venas y el olor a mar en el pelo. Ambos se dejaban llevar por la música, por los sabores, por las palabras..... Pero eran perfectos desconocidos!...
 El Universo sabía que en un lugar remoto de uno de los planetas que pueblan su pecho  ocurría algo anormal: esto es como si el Universo sintiera que una de sus terminaciones nerviosas no funcionara correctamente... Entonces, el Universo decidió que debía intervenir para unir esos dos cabos desatado: llamó a la Luna y le encargó que brillara suave; convocó a las estrellas para que acompañaran a la Luna y, así, deleitaran a la mujer; mandó decir al viento que debía convertirse en brisa fresca que incitara a buscar calor; y, por último, le dijo al río que arrastrara al hombre y a la mujer hasta hechizarlos... Ocurrió que, sin saber cómo ni porqué, el hombre y la mujer se descubrieron, se miraron al borde del río, se rozaron con pudor las manos, y se fundieron en un beso bajo la luz de la luna y las estrellas... El hombre y la mujer se reconocieron, y es que no se sentían extraños, y celebraron  este inexplicable reencuentro amando la piel, hablando con la mirada, y, en definitiva, abriendo sus almas.
 El Universo estaba satisfecho de su creación: había conseguido que dos caminos se cruzaran y, con ello, que un nuevo lucero naciera, esta vez en el centro de su corazón...
 Sin embargo, al poco tiempo ocurrió que el lucerito neonato del corazón del Universo dejó de brillar con esa intensidad primera... Y   te preguntarás ¿porqué?... Bueno, para eso tenemos que descender a ese planeta chiquito en medio del pecho (¿recuerdas?)... Bien, pues todo estaba causado por el hombre, el amigo del cazador Orión, y la mujer, aquella que era mitad calamar. Después de su reencuentro junto al río se vieron forzados a separarse por que una nube negra y maliciosa, a la que molestaba la dicha de ambos, decidió invocar a la lluvia y conjurar una gran tormenta. La luna y las estrellas, que hasta entonces habían acompañado al hombre y a la mujer, se escondieron para no mojarse, y la brisa fue desplazada por un viento norteño que ululaba a gritos... Y mientras, el Universo permanecía ajeno a esta situación: sí, sentía una cierta molestia en el pecho pero creyó que se debía a su edad milenaria... La tormenta desatada por la vil nube enfureció al río y de un manotazo arrojó a sus embravecidas aguas a la pareja abrazada. Ay! Pese a que hicieron grandes esfuerzos por mantenerse unidos, las encrespadas olas acabaron por separarlos... Estiraron las manos para cogerse!... Se rozaron los dedos!... Y con una angustiosa calma se rindieron a lo inevitable: sus ojos no dejaban de buscarse mientras las aguas los alejaba... una vez más se alejaban... una vez más se perdían...
 El planeta volvió a la calma una vez la nube se disolvió... y es que, por fortuna, estas malvadas nubes tienen una muy corta duración como para gozar con sus vilezas... La mujer se había vuelto a transformar en calamar y deambulaba por las profundidades de la mar impulsada por las corrientes, buscando y rebuscando a su querido hombre. Pobre! Se sentía como amputada, aunque el corazón le repetía que su amor la acabaría por llevar a él... El hombre había dejado de ser cazador porque prefirió quedarse junto a las aguas: pensaba que quizá un día pescaría a su mujer-calamar y entonces nada los volvería a separar... Y mientras, el lucerito del corazón se iba apagando...
 Un día ocurrió que el hombre salió en su barca a pescar, como cada día... La mar estaba especialmente bonita y recordó aquellas palabras que una vez susurró a la mujer-calamar: "Querría hacerte el amor en el agua, en el agua de un mar que conozco bien, en un mar calmo y plano..." Ay! Cómo le dolía esta busqueda! Cómo lo desquiciaba esta lejanía!... Ese día prefirió no echar la red a las aguas y dejarse caer en la barca para recordar su pelo, sus labios, su voz, su olor... Una lágrima cayó a la mar... y la lágrima, en vez de disolverse en el líquido salado, se hundió como una burbujita de cristal... Y llegó al fondo, depositándose en la mejilla de la mujer-calamar, que yacía entre las algas y las nécoras...
 "Uy! ¿Qué es esto?" - se preguntó mientras cogía la burbujita en la mano... Miró con atención y pudo ver en ella, como si de una bola mágica se tratara, a su hombre sentado lánguidamente en una barca, sus dedos jugueteando distraídamente con las olas, sus ojos clavados en las entrañas de la mar... ¡En algún lugar de este infinito azul estaba él, esperándola, buscándola, llamándola!... La mujer-calamar guardó en la curva de su cuello la burbujita que una vez había sido lágrima, y se dispuso a emprender, llena de esperanza y de vida, su periplo...
 El hombre navegaba y navegaba... No podría precisar cuánto estuvo así: el tiempo ya no existía como tal porque se había fundido con el gran azul volviéndose pura eternidad... La mujer-calamar nadaba y nadaba... No podría precisar cuánto estuvo así: en el gran azul no existe el concepto del tiempo... Un día, al atardecer, cuando el infinito del azul cielo se derrite con la pasión del rojo sol y tiñen de destellos amarillos a la mar, la mujer-calamar, agotada,  quedó flotando mecida por las olas, con los ojos cerrados, los brazos extendidos, las piernas abiertas, toda ella como una estrella de cinco puntas... El hombre, en su barca, se deleitaba melancólicamente con la fusión de colores del horizonte, asignándoles, sin razón aparente, números que brotaban espontáneamente en su cabeza... 7, 5, 3... De repente, cuando la locura estaba a punto de acabar con su lucidez,  la brisa le regaló un olor que nunca había olvidado, un olor a naranja y a jara... la brisa le volvió a regalar un sonido que nunca había olvidado, el sonido de una respiración con una cadencia única... El hombre se puso en pie sobre su barca, nervioso, oliendo y escuchando, oteando el horizonte... y la brisa volvió a regalarle una visión que llevaba tatuada en su cansada memoria, la visión de la mujer-calamar acunada por las aguas de la mar...
 Y mientras todo esto pasaba, el Universo comenzó a sentir una embriagadora alegría que le poseía cada vez que algo nacía o renacía en su inmenso cuerpo...  Y el lucerito que surgió en el corazón del Universo empezó a brillar cada vez más y más...... Algo iba a ocurrir seguro!!!
 El hombre remaba y remaba, y parecía que no iba a llegar nunca!... 
Ella seguía abandonándose a la soledad de la mar... no notaba que su tesoro, la burbujita que guardaba en su cuello y que una vez fue lágrima, había comenzado a licuarse...
 Dos manos que se rozan, húmedas... dos corazones que laten desbocados, calientes... dos miradas que hablan sin palabras, felices... dos cuerpos que se reconocen, que se reencuentran, que se funden en uno sólo, amándose... Azul... Rojo... Verde... Amarillo... Blanco... 7... 5... 9... 3...10...
  No hace falta decir que el lucerito volvió a centellear magnífico y esplendoroso, inundando de calor el corazón del Universo,  haciendo que este Viejo simpático y bienintencionado, que es todo y nada, se sintiera en paz...
  ¡Y Colorín colorado, este cuento se ha acabado!

  ¿Qué pasó con el hombre y la mujer?... Ese sigue siendo un cuento aún sin final... Sólo el Universo lo puede saber...

1 comentario:

  1. Que bonito cuento Marga! Te expresas muy bien. tuvisteis buen vuelo de vuelta?!

    Un besito

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